Aprender a ser feliz a través de los cambios

Muchos son los momentos en que nos encontramos pensando que por qué no pasará el tiempo rápidamente y nos alejará de esta tormenta presente, de este problema o simplemente de esta situación desagradable; pero igualmente también pensando que por qué no nos quedaremos como estamos en este instante, a gusto, felices, clavados en un espejismo que nos ilusiona y no queremos dejar escapar. Nada permanece para siempre, ni fuera ni dentro de nosotros y hasta tal punto se puede afirmar, que, si pudiéramos parar el mundo en su mejor momento, nuestro cambio interior nos llevaría a cansarnos de él.

Procesos internos del tipo de la motivación, las inclinaciones personales, las ilusiones, las preferencias, o los distintos y variados sentimientos, tanto en relación a emociones básicas como especialmente a las complejas, varían, evolucionan, progresan a lo largo de la vida. La vida es cambio al igual que es incertidumbre, cíclica e imprevisible en su conjunto.

Ya sabemos con la claridad que nos aporta la Neuropsicología, que un cerebro que no quiere cambiar, que no desea innovar y que está muy a gusto en la zona de confort, aunque se entienda que lo haga por encontrar seguridad, comodidad y paz, no avanza, no aprende, se estanca y nos lleva al envejecimiento más rápidamente que el propio paso de los años.

Y ante este trayecto de la vida que nos acompaña para siempre, cambiando escenarios aunque no necesariamente los actores, hemos de adaptarnos, desenvolvernos de la mejor forma que podamos para hacer lo único que entendemos que da sentido a nuestra vida: intentar mantener la llamada felicidad, esa energía que nos impulsa a aprovechar la oportunidad que se nos brinda de vivir, a modo de antorcha olímpica que recorre el trayecto más allá de quien la porte pero que no debería apagarse nunca.

Un sinfín de expertos que se esfuerzan en estudiar la felicidad, al margen de las consideraciones que cada persona puede aportar de manera individual y subjetiva, coinciden en atribuirle a la gratitud, a lo que lleva a las personas a dar las gracias por diferentes aspectos, un gran valor con un gran retorno para la persona que las da, un conjunto de sensaciones positivas que como si de cápsulas de la felicidad se tratara, se esparcen de un lado a otro.

“¿Y cuando los cambios se nos echan encima? ¿Y no los hemos escogido libremente? ¿Y ni los hemos podido anticipar, ni parar o ni siquiera enlentecer? ¿Podemos ser felices? ¿Podemos agradecer algo?”

Cuando nos enfrentamos a una posible enfermedad o a un certero diagnóstico pensemos que siempre hablamos de un incierto pronóstico, como la vida misma que no sabemos exactamente qué ocurrirá pero que como siempre, constatamos que ocurrirán cambios. Pero sepamos que el sentido de la vida seguirá intacto y nuestro propósito el mismo, mantener esa felicidad incluso en los momentos delicados de la vida. Y tendremos muy presente que:

  1. El impacto pasará y se diluirá indefectiblemente y nuestras emociones progresarán de una gran intensidad a algo llevadero y de aquí a orientarnos a la acción, al desbloqueo que nos permite luchar todo lo posible. Aceptemos pues esa etapa y canalicemos toda nuestra energía en mantenernos pacientes, resistiendo el inevitable dolor y confiemos en nuestros recursos y en los que nos rodean. 

  2. El dolor intenso se irá desvaneciendo y una vez se asegura nuestra protección, nos acompañará de forma mucho más naturalizada. 

  3. La preocupación del principio, los pensamientos negativos y en ocasiones catastrofistas que se agolpan en el inicio, van disminuyendo en número y en importancia, hasta ajustarse al presente y ese nuevo futuro que se nos va presentando.
    Identifiquemos esos pensamientos automáticos, no escogidos, que se agolpan de manera insistente y a los que acabamos prestando excesiva atención a modo de rumiación y alejemos el foco de ellos para sentirnos razonablemente mejor y así conseguir que no nos destruyan. 

  4. Una nueva forma de vida, distinta quizá en algunos aspectos a la que vivíamos antes, se irá instalando y nos iremos ajustando a ella. Una inevitable, pero a la vez oportunidad para adaptarnos a las circunstancias que nos ha tocado vivir e intentar salir reforzados de una forma u otra, experimentando cómo son esos recursos que quizá nunca habríamos imaginado que teníamos pero que cuando hace falta poner en marcha, sorprendentemente ahí están.

     

Iremos aprendiendo a través de estos cambios que nuestra capacidad de adaptación no tiene límites y que más allá del infortunio que nos ha tocado vivir, está nuestra actitud que nos ha tocado tener y que nos acompañará evolucionando y procurándonos esa felicidad que, de una u otra forma, siempre en mayor medida depende de nosotros.

Ángel Peralbo, psicólogo Director Área Adolescentes y Jóvenes del Centro Álava Reyes

 

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